Ratones

Estaba en la cocina sentada cuando de la nada saltó sobre mí un ratón muy grande y naranja que comenzó a morderme las manos y los pies. 
Un ratón más pequeño iba detrás de él, así que asumí que era su hijo. Al ver que tenía familia mis intenciones de deshacerme de él cambiaron y solo quería que dejara de morderme. Sin embargo, tanto él como su hijo insistían en abalanzarse sobre mí y morderme. 
A pesar de ser un sueño, recuerdo muy claramente que las mordidas en verdad dolían mucho. 
Mi familia estaba viéndolo con preocupación y me dijeron que los matara. Aunque no encontraba una manera de deshacerme de ellos tampoco quería matarlos, así que por el momento extendí mi mano hacia el ratón más pequeño y este me mordió con mucha fuerza, pero esta vez yo lo agarré mientras me mordía y los sostuve para que no pudiera escabullirse. No tenía intención de lastimarlo, pero prácticamente lo aplasté y sentí como si se deshiciera en mis manos. Chillaba sin parar y me desesperé, así que, suponiendo que de todas maneras ya lo había herido de muerte, lo mejor era acabar su sufrimiento matándolo con rapidez. Con mi otra mano agarré su pequeña cabeza y la arranqué de un tirón. En seguida dejó de moverse. 
Mientras tanto, el ratón más grande observaba la escena como si la entendiera, y se alejó. Fue entonces cuando noté que con el forcejeo le había arrancado parte de la pata, y parecía estar sufriendo tanto que yo quería capturarlo igualmente para acabar con su dolor de la misma manera que con su hijo. Pero este ratón era más grande y rápido, así que se escabulló y ya no pude hacerlo. De todas formas, supuse que no duraría demasiado debido a la pérdida de su pata. 
Una vez que los ratones se fueron comencé a examinar las mordeduras y noté que casi no sangraban, pero seguían doliendo bastante. Lo único que me preocupaba era que pudieran tener rabia, porque no tenía ganas de ser vacunada. 

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